viernes, 14 de julio de 2017

CADENA DE FAVORES


Voy con algo de prisa a la farmacia del barrio. Por cuestiones de seguridad está cerrada con llave y una cliente me abre, previo consentimiento de la dueña. Hay otras tres personas adentro, aguardando. Las va atendiendo una a una, se retiran y está cobrándole a la persona que me abrió cuando alguien toca timbre y, con el ok de la farmacéutica, le abro la puerta. Aparece justo una empleada preguntando ¿Quién sigue? No alcanzo ni a decir Yo! que la minita a la que le abrí la puerta (sí, automáticamente dejó de ser a mis ojos una muchacha para convertirse en una minita) dice Yo, yo, yo! y bueno, la atienden...
Hay gente desconsiderada y bruta, pensé. Pero no dije nada. Después de ella, me atendieron a mí y no me quejé, aunque estuve por sugerir que dieran números para evitar a los avivados y colados.
Para qué enojarme por una estupidez así? Es muy probable que se tropezara en la esquina desparramando por el suelo todos los paquetes y lastimándose las rodillas o, en caso de que semejante evento no se produjera, podría apostar a que el perfume que compró para regalar no va a ser del gusto de la agasajada.
Nada que yo le haya deseado, por supuesto.
Soy una persona de gestos amables y buenos pensamientos.

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